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BARRERA DE SOL

 

BARRERA DE SOL
SAUDADES TAURINOS
Manolo de la Laguna
Ha fallecido en la capital mexicana, el gran boxeado de peso welter, José «Mantequilla» Nápoles; descanse en paz el esteta de ébano, originario de Santiago de Cuba, quien, en su momento, rechazó un carro y una fuerte suma de dinero, a cambio de obtener, sin mayor trámite, la ciudadanía mexicana, lo cual logró, gracias al régimen de la época.
Y ahora al toro, recordando una bella canción sevillana: Sevilla tuvo que ser, con su lunita platiá, testigo de nuestro amor, bajo la noche callada. Y nos quisimos lor dó con un amor verdadero, pero el destino ha querido, que vivamos separaos… ¡joder! (el término es nuestro.) y es que vamos a recordar una anégdota que cae dentro del sincretismo de los toreros, en este caso de un sevillano.
Síganos por feis, perdón síguenos leyendo amable lectora (or), pues lo saudades taurinos, también nos hacen vivir, son los recuerdos que se quedan prendidos en alguna parte de nuestro ser y jamàs se olvidan, así que hay les vamos, mientras se llegan las mañaneras del Medallista de Palacio… ustedes ya saben quien o si no investíguenlo.
La efemérides no señala lugar, ni plaza de toros, donde sucedió lo que a continuación leerán, para que nos vayan a echar la culpa de nada. Uno de los grandes matadores sevillanos, toreaba en una tarde; en el primer tercio, que es el de varas – qué toreos son los del castoreño-, el toro, que era de gran trapío o volúmen, embistió a caballo y jinete, yendo ambos a por el suelo a rodar.
El Cid, quedó desprotegido y la bestia trató de hacer por él; al darse cuenta el matador en turno, al estar bien colocao, metió er capote entre picador y toro y éste hizo por él, desgarrando el percal completamente, evitándose de esta manera, una tragedia en el ruedo, cuando ya se escuchaba er grito de angustia de los aficionados.
Ya por la noche, en la tertulia de rigor, en el sarao, el picador se acercó hacia su mataor y le dijo: Gracias Maestro, me habéis salvao la vida. Pepe Luis Vázquez, quien era el mataó que había hecho er quite de la Providencia, con parsimonia, le contestó al hombre de la gregoriana: Majo, la vida se la debes a Dios, a mi solo me debéis un capote. Vale.

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