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EN LAS NUBES

 

EN LAS NUBES                                                                                                 Yo bendigo tu nombre

          Carlos Ravelo Galindo, afirma:

                “¡Ah! ¿Verdad?”,

          Se sorprende  y  pregunta don Octavio García, sobre el siniestro en Notre Dame, con una sentencia de Nostradamus:

         “Uno de los símbolos de la cristiandad de España o Francia arderá en fuego purificador.

          Nuestra señora llorará por todos y brillaría en la lejanía.

          Con la entrada de la primavera una iglesia de todos los tiempos arderá por los pecadores”

 

         En tanto que otro poeta, don Carlos MacGregor, bardo campechano, escribió en recuerdo al profesor. Al que cumple a la niñez.  No al disonante.

“Yo bendigo tu nombre de rodillas;

y de pie en los dinteles de mi ocaso,

venero con mis rimas

la pálida blancura de tus canas

como un plumón sagrado”.

 

Maestro:

Estoy en  una edad en que se entiende

fácilmente

lo que vale tu verbo;

y si escribo esta carta,

es porque en mí se determina ahora

tu figura indeleble,

como una tinta china

grabada sobre el lienzo

carcomido del recuerdo.

 

Eres uno, Maestro,

y eres todos

los que en mi vida fueron:

desde aquel mozo joven

que me enseñó la O por lo redondo

en la escuela del pueblo,

hasta aquel viejecillo catedrático,

que me enseñaba el álgebra,

triturando atrozmente

mi cerebro.

 

Mi memoria te tiene,

como imagen precisa

de aquello que jamás el tiempo borra,

y que en nosotros queda,

saturando las horas

de un perfume esencial que se eterniza

recorriendo nuestro cinco sentidos, lo mismo que si  fueran una gran avenida.

 

 

Maestro:

mi letra es un enigma

de esta noche,

en que corre

la tinta,

– transcripción de la pluma -,

sobre el blanco papel.

 

Si en mis ojos quedara alguna lágrima,

con ella borraría

el mapa de esta epístola,

que no es sino la carta de un camino

al que nunca jamás he de volver.

 

¡Me parece que tengo

en las manos

los métodos

de Campillo y Raymundo de Miguel,

y que van la metáfora y la imagen

cruzando mi cerebro igual que ayer!

 

Góngora y Garcilaso

que un día se perdieron en mí mismo,

a través de tus frases

me enseñaron

el secreto sonoro

donde palpita el ritmo.

 

¡Y me hiciste poeta!

y como una gratitud a tu genio,

que me enseñó la ciencia

suprema

de hacer versos,

mi homenaje se extiende en estas líneas

bajo el dictado de mis sentimientos.

 

¿En qué forma podría yo pagarte

esta lírica joya

que tu enseñanza buriló en mi mente,

y que es la brújula que me marca el rumbo

por donde van los seres

y donde están las cosas?

 

No ha existido ni existe

el tesoro que logre ese prodigio:

La tuya es una deuda que se incrusta

a los días, los años y los siglos,

y alguna ingratitud podrá olvidarla,

pero saldarse, ¡nunca!

 

Maestro:

Te has quedado

como símbolo único

en la ruda aspereza de mis años…

 

Y te miro y te siento con tu Inri y tu Cruz, siempre  marcando, la ruta de los pasos infantiles,

la marcha de las locas juventudes,

y la gloria del hombre, con tu paso.

 

Maestro:

yo bendigo tu nombre

de rodillas;

y de pie en los dinteles de mi ocaso,

venero con mis rimas

la pálida blancura de tus canas

como un plumón sagrado.

 

 

 

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