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FRAGMENTOS

Les comparto algo que tras la muerte de mi padre sirvió para, -varios meses después-, sacar el sentimiento de su partida y llorar y llorar porque ya no estaba.

Víctor Manuel Reyes Gloria
Papalotes

Hace años, muchos, muchos años, que no vuelo un papalote. Sin embargo, el profundo sentimiento que me inunda al pensarlo o al ver uno es el mismo que sentí cuando de niño lo hacía. Mi papá me llevaba en su Chevy ’52 a los enormes terrenos que existían frente al desaparecido Cine Hipódromo de la Calle Venezuela.
Él y yo solos en esa inmensa llanura que a mis pocos años advertía infinita.
Era todo un rito el armar el frágil papalote que en minutos surcaría los aires y que recibiría los múltiples “telegramas” que desde tierra le enviábamos.
Y yo fui feliz viendo a mi padre correr con la cuerda para obligarle a levantar el vuelo.
Hoy sé que él también lo fue. Lo fuimos juntos.
Pero pasaron los años y los años dieron paso a nuevos vientos. Los papalotes no volaron más. No en mis manos.
Llegó la escuela, el básquetbol, los amigos y las amigas, la adolescencia y la juventud. Y llegó la adultez.
Y pasaron años, muchos años. Pero todos estos que han transcurrido desde aquella infancia, no han logrado arrancar ese sentimiento que me embarga cada vez que veo un papalote. Nunca me detuve a reflexionar qué era exactamente, si nostalgia por esa niñez ida o la interior felicidad del recuerdo no del todo consciente de agradables momentos vividos al lado de mi padre.
Hoy, con el regreso de los vientos he descubierto que desde la primera vez que mi papá me llevó a volar papalotes me hizo saber cuánto me amaba y sobre todo cuánto incondicionalmente me amaría.
Me dijo, sin decirlo, que siempre estaría a mi lado en cada aventura u ocurrencia que tuviera.
Cuando me tomaba la mano para enseñarme a lidiar con los aires y evitar que mi papalote se viniera a pique, me decía sin palabras que su mano siempre estaría para guiarme.
Siempre cumplió.
No sé si usted fue tan afortunado como lo fui yo. Espero que sí. Que haya volado papalotes al lado de su padre. Que ese sentimiento que llega cada vez que veo uno surcar los cielos llegue a usted también. Es la seguridad de un padre que nos amó.
Y hoy que el mío se ha ido, no puedo evitar, cada vez que veo un papalote, así hayan pasado años, muchos años, recordar cuánto incondicionalmente me amó. Y sé que al final de la cuerda se encuentra una pareja consolidando y asegurándose, en silencio, sin palabras, incondicional amor filial.
Yo lo supe desde la primera vez que mi papá me llevó a volar papalotes en su viejo Chevy, allá frente al entonces Cine Hipódromo, por la Calle Venezuela.
Víctor M. Reyes Gloria Cd. Juárez, Chih. Diciembre del 2004

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