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CALIFICA MAESTRO Y PERIODISTA COMO EL LIBRO DE LA ESPERANZA TRABAJO REALIZADO POR JOVENES JUARENSES

Myrna Pastrana, Servando Pineda Jaimes, Perla de la Rosa y Roberto Delgado Escalante, Presidente de la APCJ, en la presentació del libro

H. Ciudad Juárez, Chihuahua.-  12  de diciembre del 2013.- Como el Libro de la Esperanza, el Maestro y Periodista Servando Pineda Jaimes calificó al colectivo Deshojar Ideas, Unir Palabras, Memoria del Taller de Iniciación a la Literatura, del Mjseo de Arte del INBA en  Ciudad Juárez. Encontré entre sus páginas a futuros grandes escritores y periodistas en ciernes, dijo.

Pineda Jaimes, junto con la actriz Perla de la Rosa, que dio lectura a uno de los trabajos, fueron los presentadores de este libro que coordinó la Maestra Mirna Pastrana y que fue apoyado por el Instituto Nacional de Bellas Artes, el propio Museo y la Asociación de Periodistas que actualmente dirige el Licenciado Roberto Delgado Escalante, esto como parte de los festejos por el 50 Aniversario de la APCJ.

El taller fue tomado por jóvenes entre los 14 y 20 años, estudiantes de Bachilleres y la Universidad Autónoma de Ciudad Juarez, arduo trabajo pero muy gratificante y productivo, dijo la también periodista Pastrana, logrando descubrir su talento y ambición por adentrarse en el mundo de las letras.

Diez fueron los autores del colectivo: Brenda Abigail Pinal Amparán, Cristian José López Carrillo, Esmeralda Guadalupe Marrufo Portilo, Fabián Hernández Rivera, Ibis Ricaño Pérez, Jesús Rivera Aguirre, Jorge Enrique Ruelas Trillo, Luis Alejandro Baca Romero, María del Carmen Rascón Castro y Nancy Yadira Dorantes Chávez, aportando Crónica, Cuento y Testimonio.

El libro consta de 208 páginas y cabe destacar que se hizo realidad gracias al apoyo que la Coordinación Nacional de Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes otorgó para impartir el taller y el empeño de la Directora del Museo Rosa Elva Vázquez Ruiz.

Comentarios al libro:

Deshojar ideas. Unir palabras. Memorias del Taller de Iniciación

a la Literatura del Museo de Arte de Ciudad Juárez.

Myrna Pastrana. Coordinadora.

Antes que nada, agradezco a la maestra y colega Myrna Pastrana, el haberme invitado a comentar este libro. Todavía en este momento me pregunto por qué lo hizo. Algún día me lo dirá. Por lo pronto, espero que no se arrepienta.

Extiendo mis agradecimientos a Rosy Vázquez, directora de este mítico e icónico museo de nuestra ciudad, y por supuesto a mi compañera y amiga que hoy me acompaña en este evento, Perla de la Rosa, a quien desde esta tribuna le expreso mi reconocimiento y aprecio por su calidad como actriz, pero sobre todo como la persona íntegra que es.

Por supuesto, a todos y todas, gracias por estar aquí y darnos su tiempo.

Muchas gracias.

A éste, yo sin dudarlo, lo hubiera llamado: El libro de la Esperanza.

Porque creo que este esun libro que contiene ilusiones, pero sobre todo esperanza. Y lo creo porque no podía ser de otra manera, cuando quienes escriben son jóvenes de entre 14 y 22 años, como Ibis, que ni siquiera llega a los 15.

Por medio de: Deshojar ideas. Unir palabras. Memoria del Taller de Iniciación a la Literatura del Museo de Arte de Ciudad Juárez, coordinado por la maestra y periodista Myrna Pastrana, se busca rescatar las experiencias de cada novel escritor, compartirlos con la gente a través de procesos creativos que van del cuentoa la crónica, o al testimonio.

Pero como todo libro, Deshojar ideas. Unir palabras, también, tiene una historia que bien podría navegar sin ningún problema del cuento a la crónica, y por supuesto al testimonio,lo que lo inscribe en la mejor tradición literaria de este recinto.

¿Por qué lo digo?

Pues porque este es de los pocos museos que han hecho de la literatura un producto cultural de altos vuelos.  Por aquí han pasado hoy plumas ya consagradas —no digo si son buenos o malos escritores, que conste— como los hermanos Chávez Díaz de León, Miguel el bueno y Jorge el malo —y no hablo de calidad, otra vez que conste— o Joaquín Cosío, o gente de las nuevas generaciones como César Silva, Blas García, Mauricio Rodríguez o Toño Flores. Y en el mismo sentido podemos hablar de los coordinadores de los talleres, y que en los hechos se han convertido en los padres o madres de los innumerables talleristas que han pasado por estas paredes: Enrique Cortazar, José Manuel García o ahora Myrna Pastrana.

Sé perfectamente que he ingresado en arenas movedizas, pues siempre que entra uno en el terreno de los nombres, siempre, absolutamente siempre, incurrirá uno en el pecado capital de omitir a algunos. A todos, a todas, mil disculpas por las omisiones. No fue algo calculado. Lo siento.

Y es que todos, definitivamente todos, han corrido con distinta suerte. Unos han llegado a la gloria y al parnaso que significa ganar los más altos premios literarios que otorgan las más altasautoridades culturales del país, esas a las que —por cierto— la mayoría de los escritores critican. Otros, con menos suerte, deambulan en los espacios locales, haciendo una “talacha” callada, alejada de los reflectores, sin oportunidad de acceder a los grandes premios, publicando aquí, publicando allá, donde haya un lugar o un espacio para sus letras, para sus ideas. Tal vez no hayan ganado ningún premio, pero estoy completamente seguro que ahora son mejores ciudadanos. Sin premios, pero mejores ciudadanos, que al fin y al cabo de eso trata la literatura, ¿no?

Por favor, no se me mal interprete. De ninguna manera quiero decir que de aquí no saldrán ganadores de grandes premios. No, por favor. Lo que quiero decir es justamente que de aquí saldrán muchos ganadores, ganadoras de grandes premios y galardones, pero si por alguna razón algunos no llegan, eso no quiere decir que no tengan talento ni sean buenos.

Significará muchas, muchas otras cosas: o que decidieron tomar otro camino —sucede muy frecuentemente—, o bien optaron por no ingresar a los circuitos de los grandes premios o simple y llanamente no pudieron formar parte de la clica de algún o algunos de los mandarines de la literatura.

En cualquier caso, ustedes serán, ya son mejores ciudadanos porque ven a la vida de otra manera, con otros ojos, con otra sensibilidad, con otro talento y otros parámetros. Y eso, jóvenes, se transmite, se siente, se palpa, se mira, se observa, pero sobre todo, nos da la oportunidad de estar al lado de un hombre o una mujer que respeta a sus semejantes, que ama al mundo, que ama la naturaleza, que quiere a los animales y que no es indiferente ante el dolor de un pueblo, o de una comunidad. Tal vez no puedan, ni quieran, ni deban hacer una revolución, pero con su talento tendremos la esperanza de un mundo mejor. De ahí  la importancia de su literatura, de la necesidad de escribir, de contar las historias, porque sólo así dejaremos registro del mundo que nos tocó vivir, con la esperanza de que no vuelvan a repetirse las malas historias.

Porque escribir es una dicha, porque escribir es un privilegio, porque no hay arma más poderosa para transformar nuestra realidad que una pluma, en el sentido metafórico de la palabra. Tan es así que seguimos hablando de plumas, cuando hoy,más comúnmente escribimos en Mac´s, PC’s, tablets o smartphones.

Por eso, jóvenes, no se priven del placer de escribir un cuento, una crónica o su testimonio en papel, en una libreta, con una pluma. Descubrir el placer de tachonear un escrito, de rayar una palabra mal escrita o trazar una línea en todo un renglón que no te gustó y sufrir porque aquí, a la “antigüita” no hay posibilidad del celebérrimo “copy paste”, tan salvador en estos tiempos.No sé si ustedes se lo han preguntado, pero ¿por qué no hay un movimiento entre escritores en algo así como “salvemos a las plumas”? Y no es albur, que conste. Y no tengo nada contra la tecnología —yo mismo escribí esto en mi Mac—, pero sí creo que de vez en cuando es bueno volver a los orígenes, algo así como: “Sin plumas, no hay paraíso”.

Porque el ejercicio de escribir es un acto en solitario, pero que requiere del concurso de todos. Porque uno, al escribir, abreva de todo y de todos. De su familia, de su gente, de sus experiencias personales y ajenas, de lo que escucha, de lo que mira, de lo que ve, de sus lecturas, de su música, de sus alegrías o de sus desgracias. El entorno, sin duda determina en gran medida lo que escribimos y cómo lo escribimos. De ahí saldrán cuentos geniales, crónicas sublimes o testimonios desgarradores. Lo que no podemos es traicionarnos a nosotros mismos, en cómo somos y cómo vemos las cosas. Quien pretenda escribir deberá ser un gran, gran observador; de lo contrario, poco tendrá que hacer en este camino.

Y eso es justamente lo que encontramos  en: Deshojar ideas. Unir palabras, un gran esfuerzo de observación. No se cómo fue el taller, pero lo que sí me queda claro es que Myrna tuvo el acierto de sacar de cada uno de ustedes lo mejor. Como si fuera una minera, logró penetrar hasta lo más recóndito de cada uno de sus corazones y sus mentes para que recordaran el más mínimo detalle de una crónica, o sublimes recuerdos en cada testimonio que ustedes dieron. Sorprenden los cuentos, con una capacidad de inventar lo que nadie ve, ahí donde todo está.

Deshojar ideas. Unir palabras,es un libro modesto en su hechura —porque en este país siempre habrá dinero para comprar armas, pero nunca para hacer un libro—, pero es una obrabella en su concepción; cruda y sorpresiva. ¿Por qué lo digo? Porque uno no se imagina que jóvenes de 14 a 20 años tengan como referente para escribir a su ciudad o a su vida cotidiana, con lo crudo y duro que significa vivir en Juárez, donde todavía hace poco tiempo era catalogada como la más violenta del mundo, y que hoy, según nuestros gobernantes, es algo así como una Disneylandia en pleno desierto. Afortunadamente las actuales autoridades son más sensatas, saben que la cosa no es así y buscan una nueva salida.  Son pues relatos crudos, pero que reflejan nuestra vida cotidiana, y lejos de criticarlos deberíamos hacer una reflexión seria sobre el mundo que le estamos heredando a las nuevas generaciones.

Pero no crean que sólo eso encontrarán en este libro. Y a riesgo de cometer alguna injusticia por emitir algún juicio inexacto o no ser fiel al espíritu de la obra, me viene a la mente el dulce y hermoso relato de Brenda Abigail Pinal Amparán, una joven estudiante de tercer semestre de bachillerato, quien pese a su edad, se confiesa una ávida lectora —y miren que lo es— pues logra transmitir una impactante narrativa a partir de algo tan simple como una gota de agua que le daba miedo saltar de su nube, porque su aspiración más grande era poder tocar la piel humana. Y me llama la atención porque tal vez ella no lo sepa, pero hablar de agua en una zona desértica como la nuestra, para mí, tiene un gran significado. Me recuerda a mi hija  mayor, que sólo hasta que cumplió tres años pudo ver y sentir la lluvia por primera vez en su vida. Algo que la maravilló, emocionó y espantó cuando arreció la lluvia.

Lo que ella no sabía es que cuando nació, Chihuahua sumaba una década de la más espantosa sequía que se recuerde en nuestro estado. Por eso, la lluvia a la par de todos los beneficios que nos trae, también tiene la magia de tocar los corazones, y que de ahí salga un lindo cuento, como el de La gotita Haku.

Cristian José López Carrillo, otro estudiante del tercer semestre de bachilleres, que no sólo escribe sino también hace teatro, nos entrega un doloroso cuento,que en ocasiones me hacía recordar a Dickens, pues construye una historia que bien puede ser algo cotidiano pero que él magistralmente transforma en ficción, con todos los ingredientes para llorar a moco tendido. Una familia feliz a la cual todo le funciona bien, pero que de pronto en un momento, cambia el rumbo de sus vidas. La madre muere;el padre, ahora viudo, tiene que educar como Dios le da entender a su malcriada hija, que se la pasa añorando el pavo y la salsa, y su pastel de cumpleaños que le preparaba su difunta madre. Y su fiesta, sus amigos, sus familiares. Todo. Pero eso, de pronto cambió y su padre tenía que hacer grandes esfuerzos para siquiera poder alimentarla. Trabajador ocasional, esta vez realizaba labores para una iglesia, mientras su hija lo esperaba a que terminara y luego le llevaba comida. ¿Cuál? Un pedazo de pan. La niña, cansada de una y otra vez comer pan, se rebela un día e increpa a su padre,a quien le exige otro tipo de comida. El padre, afligido, le pide que por favor se lo coma… porque no es un pan cualquiera, es un pan comprado en una panadería especial.

—Dale un mordisco y verás que no miento, le dice el padre desesperado a su hija.

La hija obedece. El padre, como en cualquier película de Joaquín Pardavé y doña Sara García, se sacrifica para que su hija coma. Ella, sorprendida por el acto de su padre y un tanto conmovida, le pregunta: ¿tú no vas  a comer nada?

La niña prueba el pan y entonces… ¿Les parecefamiliar esta historia aquí en Juárez? Genialmente el escritor le da un giro maravilloso al final de su cuento, sólo para que usted pueda leerlo, porque yo, no se lo voy a contar.

En otra historia, Cristian José nos entrega un inteligente testimonio salido muy seguramente de su corazón, en algo tan cotidiano en nuestra frontera: ¿Cómo te despedirás de un muerto?, ¿podrás hacerlo?Al parecer, él sí pudo, pero de una manera muy especial, previo postre de por medio, para seguir fiel a nuestra muy mexicana tradición de burlarnos de la muerte, por dolorosa que sea.

Con una narrativa, seca, desgarradora, descarnada, pero endemoniadamente bella, Esmeralda Guadalupe Marrufo Portillo, nos deja ver su vena normalista de Saucillo y nos entrega un crudo cuento que aborda sin contemplaciones la prostitución, llamándole pan al pan, vino al vino y putas a las putas. Sin puntos, ni comas. Va del padrote que regentea a la madre, pero también quiere lo mismo con la hija. ¿Les suena esta historia? Y de esta cruda realidad, salta a cosas importantes, de vida o muerte para la vida de una joven, como es el, cómo vivir con un grano. Una verdadera tragedia griega. Y quien tenga hijas adolescentes sabe perfectamente de lo que hablo.

Yo no sé qué hizo Myrna con estos jóvenes, pero tengo para mí que hizo trampa. Pues si no salen de aquí varias luminarias del mundo de las letras, téngalo por seguro que hay aquí excelentes periodistas en ciernes. Así lo prueba la crónica de Esmeralda Guadalupe, Soplo de vida, que nos narra cómo es que sobrevivió a un trenazo.

Fabián Hernández Rivera, quien estudia ingeniería eléctrica en El Paso, se dice un apasionado de la música y la literatura, y nos regala un jocoso cuento donde el personaje principal es un diablito que tiene como único trabajo hacer pequeñas diabluras, pero como está en un mundo envuelto en el capitalismo salvaje, ni siquiera se da cuenta que su contrato colectivo de trabajo le impone ciertas cláusulas que como todo buen humano, ni por asomo se le ocurrió revisar. ¿Les es particular esta otra historia?

Ibis Ricaño Pérez, la más pequeña del grupo, actualmente cursa deltercer año de secundaria y nos entrega una visión sui generis del mito del águila y la serpiente, como símbolo de la mexicanidad oculta. O logra un punzante testimonio de algo tan banal como un frasco de Nutella, o dramático como el amor oculto en una bella historia llamada Sinclair.

 

Con una formación más acabada que lo transmite en sus personajes, Jorge Enrique Ruelas, un paseño, estudiante de psicología, nos entrega un desgarrador cuento llamado:El lobo, donde no sólo nos da un paseo por Irlanda, sino que construye a Callaghan, un tosco irlandés que me recuerda a Willy MacMoranel de Los Simpson, que aunque es escocés, bien encaja en este personaje. ¿Pero qué pasó con ese lobo? Pues que no era lobo… y bueno, mejor, no deje de leer este excelente cuento. El final lo estrujará. Se vale llorar. Baste decirle que termina con lo que Ruelas nos dice que es en gaélico: “Ghrá mo chroí” que quiere decir: “amor de mi corazón”. No deje de leerlo, por favor.

Y es que en Juárez, a uno también le salen callos de tanto pisar en el infierno, según nos dice María Rascón en su cuento: ¿Number one?, que parece que fue escrito hoy mismo con un desparpajo que sólo los jóvenes pueden tener para narrar lo cotidiano y hacer un cuento de la tragedia de nuestra ciudad. Hacer un cuento de alguien que se sube a una rutera y nos narra como si fuera algo de otro planeta, un trayecto donde aparece un colgado en un puente que asombra a los usuarios del transporte, que ven el espectáculos entre fascinados e incrédulos, para luego sentarse y seguir su rutina diaria: escuchar la música de la rutera que pasa sin cesar temas de Juan Gabriel, leer el periódico o simplemente seguir durmiendo, esto como si fuera otro mundo. Como si nada hubiera pasado, como si nadie hubiera visto nada; para luego pasar a una charla informal entre amigos para narrarse lo que vieron en el trayecto: Un güey que aparece colgado en un puente, se cuentan. Un decapitado que dejan  en las rejas de una escuela con una pancarta, para rematar con un final tan duro como dramático, el cual, tampoco se los voy a contar para que también lo lean. No se arrepentirán.

Luis Alejandro Baca, otro estudiante del tercer semestre de bachilleres, se inclina más por el cuento y nos entrega dos piezas preciosamente construidas: Nunca dejes de creer, donde la muerte —otra vez la muerte— también está presente; y el Oráculo.

A su vez, Jesús Rivera Aguirre, estudiante de medicina en la UACJ, es un entusiasta de las letras, porque dice, es lo único que nunca muere ni envejece. Rivera, a diferencia de sus colegas, se inclina por las historias de terror. ¿Qué las otras no lo son? Bueno, pero él lo hace formalmente y como un depurado estilo, a través de alienígenas que visitan museos y cuentos de misterio que se publican en periódicos imaginarios; para luego dar un salto y cultivar también un género que día a día cae en desuso: el epistolar, a través de su cuento El carteroof course-.

Cierro con Yadira Dorantes, una estudiante de psicología también de la UACJ, quien ofrece su testimonio de la partida y el abandono de un padre a su familia, a partir de una vieja canción, que no la menciona, pero que nos dice parte de su letra que no es otra que la célebre: Y volveré, un éxito musical de 1971 de los no menos famosos Los Ángeles Negros, ese grupo que muchos creíamos era mexicano pero que en realidad era chileno, con aquella inconfundible voz de Germaín de la Fuente, que enloquecía a las chicas de los setenta. Tras leer Su partida, de Yadira Dorantes, uno termina por llorar y preguntarse y gritar: ¡qué carajos hemos hecho a estos jóvenes!, que ven y sienten en carne propia cómo un padre abandona a su familia para luego querer regresar como si nada hubiera pasado. Y tratar de perdonar,  tratar de olvidar  para terminar con el dramático: Nunca más, de una familia, que recuerda aquel grito que se lanzó en Argentina para condenar una de las dictaduras militares más sangrientas de la historia del mundo. Aquí,Yadira también nos entrega un nunca más. Un nunca más, una familia abandonada. Un nunca más, el llanto de una niña por el padre ausente. ¿Qué tan común les parece esta historia?

Pese a lo crudo de los textos, el libro  es de imprescindible lectura. Sin duda, refleja con claridad el estado de una generación que vivió en carne propia la violencia de una ciudad que se tragó muchas ilusiones, toneladas de esperanzas, pero que hoy a través de estos jóvenes escritores, nos deja la sensación de que las cosas pueden ser diferentes.

Sólo me resta agradecer a Myrna Pastrana el haberme invitado a comentar este libro, a Rosy Vázquez por mantener esta hermosa y bella tradición literaria del museo de Arte de Juárez, y a ustedes muchachos, gracias por compartirnos su talento.

Termino mi participación con una vieja historia o si quieren también mi propio cuento:Los  duendes de las letras.

Amen lo que escriban, como si fuera lo último que harán en esta vida. Sean limpios en sus textos y luchen sin descanso contra el duende come comas, come puntos y guiones y come acentos. Disfruten el placer que significa oler la tinta fresca de un libro terminado. Vayan y conozcan una imprenta, conozcan como se hace un libro, pero sobre todo escriban, escriban y escriban, sólo así podrán depurar su técnica y encontrarán su propio estilo. Sigan con esa agudeza y descubran que no es lo mismo: ¿Cómo? ¿amaneciste? A un  ¿cómo amaneciste?, pero al final del camino, nunca pierdan su frescura. Hagan locuras, mantengan frescas sus ideas, que su imaginación no tenga límites, y mantengan ese pacto secreto que sólo quien se ha enfrentado al fantasma de la hoja en blanco lo sabe: las musas, —oh sí las musas—, llegarán cuando uno menos lo espere. Y entonces sabrán porqué nunca, ninguna tecnología superará a ese gran invento del hombre: nuestra pluma. Por que ahí, donde aparezca una musa, habrá siempre un papel y una pluma para contar esa historia.

Muchas gracias.

Servando Pineda Jaimes

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