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BARRERA DE SOL

 

 

BARRERA DE SOL
PENINSULA DE KOREA
Manolo de la Laguna
El tedio, el aburrimiento, los malos pensamientos, la gula, la pereza, la lujuria y quien sabe cuántas otras cosas más, pasan por nuestra cabecita de cebolla; para tranquilizarnos, nos pusimos a escuchar al cantaor de flamenco de Madrí, que hace unas magníficas interpretaciones de canciones mexicanas con marichi, sobresaliendo una, del canta-autor mexicano Armando Manzanero, «Somos Novios», donde «Er Cigala», muestra sus dotes histriónicas. ¡Olé! el arte.
Desde luego que a tí lectora (or), no vamos a dar una cátedra de geografía universal, pues como mayorcita (to) que eres, ya debes saber dónde se encuentra la Península de Korea, la cuál desde el lejano año de 1953, está dividida más abajito del paralelo 38, en Corea del Norte y Corea del Sur, gracias a un armisticio, por lo que que la paz, en esa región, desde entonces, es muy precaria, ya que en cualquier momento, puede estallar un conflicto bélico fraticida.
Ahora, lectores, lectoras, viajen mentalmente al lejano año de 1771 o más facilón, al siglo XVIII de nuestra era, pues ya desde entonces existía la fiesta brava, aunque lo duden; era otro tipo de fiesta, pero de que existía, existía y los toreros ya se pavoneaban como tales, pues hasta en la calle, vestidos de civiles, olían a eso, a toreros, ahora sólo huelen a loción. ¿Ya se ubicaron en la época?. Bien.
En el bello puerto de Santa María, habita una vieja muy buena y muy santa, muy buna y muy santa que es la «mare» mía… cantaba «Er Gitano Señorón», Juan Legido, en ese puerto, la tarde del 23 de junio del citado año de 1771, se dio una corrida de toros con un gran cartel y un encierro de Bornos.
La afición porteña, como era de esperarse, lleno la plaza de toros que, nos imaginamos, era lo único que entretenía al pueblo, aparte del trabajo; todo transcurría bien en el ruedo hasta que salió un marrajo que le tocó en turno al torero de la tierra, ya convertido en figura de la tauromaquia española.
Er mataó, según la crónica, lidia con toda normalidad a su enemigo; de pronto, el espada resbaló en un charco de sangre que los peones no habían quitao de la arena cayendo en la cara del animal, quien le pegó la corná en los riñones, pasándoselo de pitón a pitón, cayendo agonizante en el ruedo, José Cándido Expósito, falleciendo horas más tarde, para ser el primer torero que moría por una cornada, llamándose el toro asesino «Coreano». Vale.

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